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Todos contra Catalunya

LOS NACIONALISTAS catalanes aman una idea de Catalunya, pero Catalunya en sí les trae por completo sin cuidado  

XAVIER BRU DE SALA - 06/05/2006


Hoy y mañana culmina el largo proceso de Rural´06. Aunque ya conozcan las premisas, no estará de más recordar el proceso de concentración humano hacia dos polos de atracción, las ciudades y la franja litoral, o sea, la parte más amable y acogedora de la difícil orografía catalana. ¿Y el resto?



¿Que se apañen los que han preferido quedarse en él, que lo tengan a punto para cuando vayamos los fines de semana? Ni en esta cuestión ni en ninguna otra, guárdense de los profetas de la sencillez. La sencillez es el nirvana, y nosotros vivimos en este mundo. Un mundo en el que las subvenciones europeas llevan una fecha de caducidad cada vez más próxima. Los problemas del mundo rural son asunto nuestro. La responsabilidad es colectiva.



No diré que el de payés sea un trabajo maldito, como por ejemplo el de basurero, pero dista mucho del de idílico jardinero que algunos imaginan. Es extraordinariamente sacrificado, además de incierto. La vida en el campo es idílica para todos menos para los cada vez menos que aún siguen atados a sus actividades tradicionales. Hace casi dos mil años, Virgilio ya tuvo que componer unas églogas de carácter propagandístico, a ver si convencía a sus conciudadanos de las imaginarias ventajas de la vida campestre. En aquellos tiempos, el campo se repoblaba mediante el reparto de tierras a soldados licenciados. Ahora no hay forma de parar el proceso de desertización, o sea, deshumanización, de la Catalunya incómoda.



Voy a trasladar mi punto de vista sobre dos cuestiones que deberían preocupar al conjunto de la ciudadanía. Más que eso, en mi ánimo está hacer un par de llamamientos a la conciencia general. El primero, sobre la calidad y el origen de la comida. Es incuestionable que los catalanes nos hemos hecho un lío tremendo con la identidad y el cosmopolitismo aplicados a los alimentos. Así, hemos acabado ingiriendo una enorme cantidad productos, empezando por los frescos, que no consumirían en ningún otro país de nuestro inmediato entorno europeo. En Francia, la comida es la religión nacional. En Italia, no digamos. En Valencia. En Andalucía. En Mallorca. El fervor por lo propio, que es lo apetitoso, llega a tales extremos que bien puede hablarse de comunión en la comida como primer signo distintivo de una comunidad humana, al lado de la lengua, antes que la historia compartida, las creencias comunes, el folklore, etcétera. Comer y amar pueden llegar a ser lo más refinado porque son lo más elemental. El fervor del que hablamos va unido a la especialización y la competencia gustativa. Justo al revés de lo que ocurre por aquí. Aquí, para encontrar algo tan fundamental como frutas y verduras aceptables, hay que peregrinar a restaurantes de alta cocina, a la Boqueria o ciertos puestos de ciertos mercados. Hagan la prueba, lo que venden en las grandes y las pequeñas superficies suele tener un aspecto mediocre, sabor y textura repugnantes. Acérquense en cambio a las mismas grandes superficies de Perpiñán, compren cualquier fruta o verdura y verán la diferencia. Lo bueno tiene origen, y suele estar cerca. La bazofia nadie sabe de dónde sale. Si no mejora el gusto colectivo, mal andará nuestro mundo rural. Si no cambian leyes y costumbres, tampoco. ¿Por qué andando por París te encuentras decenas de micromercados callejeros con productos regionales de primerísima calidad, con venta directa a cargo de los productores? ¿Por qué no en Barcelona? La falta de autoestima alimentaria nos envilece mucho más que el lío del Estatut. Y además es muy perjudicial para el territorio.En feliz expresión del nuevo conseller de Agricultura, Jordi W. Carnes, referida a nuestra incómoda orografía, Catalunya es un país "rebregat".



Intraducible. Exacto. Un país rebregat con el alma rebregada, añado como pórtico al segundo llamamiento, sobre el abandono de nuestra geografía poco amable, que es la peor comunicada, carente de servicios. Lo primero que hay que hacer con este territorio es pisarlo. La condición para que se pise es que existan casas. Pues bien, en dos generaciones nos hemos cargado casi todo el legado de siglos de arquitectura popular. Sólo en el Montseny, aquí al lado, hay unas mil masías abandonadas, la mayoría ya sin techo, si bien con posibilidades de salvación. ¿Cuántas hay en toda Catalunya? ¿Cincuenta mil? ¿Cien mil? ¡Ni censo existe! Nuestros hijos y nietos van a pasarnos cuentas por no habernos querido enterar de cómo destrozamos este tesoro, por incalificable dejación, sin que ni siquiera nuestros exquisitos arquitectos se pongan en pie de guerra. Es algo completamente inaudito, que no se explica sin concluir que los nacionalistas catalanes aman una idea de Catalunya, pero Catalunya en sí les trae por completo sin cuidado. Peor la izquierda cosmopolita. En lo primordial, lo ancestral, que es a la vez lo profundo y lo sofisticado, los catalanes no merecemos siquiera el consuelo de la extremaunción. Sobre todo, hoy y mañana miren hacia cualquier parte menos hacia el Rural´06.





 
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